Discapacidades Intelectuales: perfil e intervenciones desde la persona del Auxiliar Técnico Educativo.

Para situarnos

Antes de hablar sobre el perfil del cuidador y las posibles intervenciones en el área de las  Discapacidades Intelectuales, es necesario explicar cómo están organizadas las residencias donde ellos viven. La estructura del personal es la siguiente:

  • Personal Administrativo
  • Personal de Atención Directa
  • Personal de Cocina
  • Personal de Limpieza
  • Personal de Mantenimiento

Para efectos del presente manuscrito, nada más haré referencia al personal de atención directa, el cual  está organizado de acuerdo a su formación en:

  • “Personal Técnico” (PT): compuesto por profesionales de la medicina, enfermería, trabajadores sociales, fisioterapeutas, psicólogos, logopedas.
  • “Auxiliares Técnicos Educativos (ATE): hasta hace poco no había ningún tipo de formación relacionada. Sin embargo, ahora ha comenzado a impartirse formación profesional vinculada al área, tanto de grado medio como superior. Entre ellas las formaciones de Técnicos de Atención a Personas en Situación de Dependencia y Técnico superior en Integración Social.

En éstos centros a los Discapacitados Intelectuales se les denomina “usuarios”.

Un ambiente hostil

Comencé a en el área por casualidad. Necesitaba trabajo, así que me inscribí en una oferta en dónde buscaban a alguien que cuidará a personas con “disminución psíquica y física” en una residencia. Fui a la entrevista, y de manera inmediata me incluyeron dentro de su plantilla sin pasar por un proceso de selección riguroso. Me contrataron para ATE, al parecer, era lo más bajo dentro de la jerarquía de ese centro. El trabajo básico consistía en mantener a los usuarios limpios y bien alimentados. De hecho, fui asignado a la sala de “trastornos conductuales” sólo por pertenecer al sexo masculino, bajo el criterio de quién me seleccionó, podía “contenerlos” haciendo uso de la fuerza.

Mi primera impresión fue la siguiente: para trabajar de Auxiliar Técnico Educativo, no se necesitaba de ninguna formación previa. Por otro lado, dentro del centro, el puesto de trabajo estaba muy mal valorado. Posteriormente con el tiempo, dejé de trabajar como ATE.  Sin embargo ahora, viéndolo en retrospectiva, no me cabe duda que es el puesto más complejo y de más responsabilidad en ese tipo de institución.

Desvalorizar o sobrevalorar a mi entender es un grave error, ambos hechos impiden un acercamiento objetivo a la cotidianidad. El hecho de desvalorizar a los  ATE’s, en esa residencia creaba serios problemas. Parecía que los directivos no sabían que ellos eran los que mejor conocían a los usuarios. Podían dar información, más o menos objetiva, sobre sus hábitos, emociones, comportamientos, etc. Durante mi estancia llegó un momento en que me resultó muy frecuente ver a los “técnicos” subestimar a los ATE’s.

Siendo yo Psicólogo, Terapeuta Familiar y Psicoterapeuta de orientación Gestáltica, encuentro que la diferencia entre un “técnico” (PT) y un AT es la titulación. Si bien es cierto, el “técnico” puede tener unos conocimientos teóricos más amplios, dichos conocimientos son infructuosos si no se conoce de “otra manera” a la persona para la cual se trabaja.

La función de la gran mayoría de los directores de dichos centros, es la de gestionar recursos económicos y humanos. Para éste tipo de institución, es necesario tener un conocimiento, lo más aproximado posible, sobre la persona a quien se atiende. Lo deseable sería un trabajo conjunto. En la práctica, lamentablemente no es así.

El tiempo que trabajé en esa Residencia, me tocó conocer a éste tipo de “usuario”. Tuve la oportunidad de aplicar mis conocimientos desde la posición de “desventaja” en la que me encontraba. Las desventajas a las que hago referencia fueron las siguientes: ser hombre, extranjero y además con una formación superior. Variables que según el contexto podrían abrirme puertas. Lamentablemente ese no era mi caso, esas variables me traían dificultades.

Un año después de comenzar a trabajar, antes de que comenzaran mis problemas por las razones antes mencionadas, se creó una plaza, a la cuál se podía optar a través de un concurso. La plaza era de “Tallerista”, las tareas que debía desempeñar se centraban en aplicar una serie de intervenciones psicoeducativas, las cuales debían ser diseñadas, aplicadas y evaluadas. Al concurso me presenté sólo. Ningún ATE había querido hacerlo por resentimiento con la administración del centro. Así que lo “gané”, no había competencia. Sin embargo, mi propuesta era atractiva porque incluía la evaluación y seguimiento de un programa de actividades Psicoestimulativas. Eso gustó mucho a los directores y “técnicos”, pero disgustó a mis antiguos compañeros.

En ese momento comenzaron mis problemas, las pasiones personales, las envidias, comenzaron a hacerse presente. En un primer momento, yo creía que tenía el apoyo de los “técnicos”, pero cuando los técnicos observaron que yo estaba a su “mismo nivel” de conocimientos, sencillamente deje de gustarles. En resumidas cuentas, no era bien visto por ninguno de los dos “bandos”.

En el transcurso de ese proceso, me dí cuenta de para quién trabajaba realmente. No trabajaba para los ATE’s, tampoco trabaja para los PT’s; quienes aprovechaban mi trabajo eran los “usuarios”. Finalmente trabajaba para ellos, como siempre lo obvio nunca se ve rápidamente. Darme cuenta de eso fue una bendición. Podía ver que algo de lo que yo hacía funcionaba, podía ver el entusiasmo de algunos usuarios para participar en los talleres, más aún, veía que los trastornos conductuales disminuían considerablemente o sencillamente desaparecían durante mi propuesta de actividad. Lástima que la mayoría de los ATE’s y Técnicos no podían ver eso, y sí lo veían, se encargaban de obviarlo (no todos, eso hay que decirlo).

Trabajar con Discapacitados Intelectuales, es una tarea de mucha implicación que te obliga a trabajar con las emociones (tuyas y la de los demás). Al ser una tarea compleja, sería deseable que el ambiente “laboral” fuese optimo. En la experiencia que tuve, los ATE’s muchas veces se llevaban mal entre ellos. También había una fractura irreparable entre los ATE y los directores del centro y entre los ATE’s y el PT. Esas diferencias “salpicaban”  a los usuarios.

El enfoque que intentaré explicar va dirigido a aquellas personas que deseen trabajar en el área de atención directa, especialmente a los Auxiliares Técnicos Educativos.

Dicho enfoque se sustenta en la “persona”. Para mí es imprescindible, que la “persona” esté dotada de las herramientas necesarias, para afrontar la amplia diversidad de situaciones “inesperadas”. Por lo tanto, la persona es su propia herramienta de trabajo y como tal debe mantenerse en buen estado.

¿Retardo Mental o Discapacidad Intelectual? Una noción más respetuosa.

Comencemos por entender “eso” que distingue a estas personas. Actualmente la definición de Retardo Mental ha sido sustituida por la noción de Discapacidad Intelectual, por ser una definición más respetuosa. Al buscar una definición  más respetuosa, toma como nuevos criterios diagnósticos todos aquellos aspectos funcionales a los que antes no se les prestaba atención.

Originalmente, el Coeficiente Intelectual (CI), era definitorio para poder hablar de Retardo Mental. Las personas que presentan ésta dificultad, suelen tener una “inteligencia” por debajo de la media, sin embargo, no es el único factor a tener en cuenta para su diagnóstico.

Su diagnóstico se complejiza más, cuando entran en juego otras variables asociadas a diversas enfermedades y síndromes, así como también, a algunas alteraciones durante el desarrollo prenatal hasta etapas avanzadas del desarrollo. Inclusive su forma de envejecer es distinta a las personas normales, pero no específicamente por razones orgánicas, sino por razones ambientales. Sin embargo, me gustaría destacar que en muchos casos, éstas personas a medida que avanzan en edad sus funciones tienden a deteriorarse más rápidamente que en una persona “normal”.

Para efectos de ésta nueva definición, lo interesante es tomar en cuenta el estado funcional del individuo. Se ha visto la posibilidad de individualizar los “soportes” o “apoyos”, cuyo resultado se ve reflejado en la mejora o mantenimiento de su funcionamiento a largo plazo. Entonces la nueva definición a mi entender parece ser un puente entre lo que el individuo “tiene”, en cuanto a capacidades y lo que puede llegar a “tener”, es decir, lo que ésta persona “es” y puede llegar a “ser”.

A partir de ésta idea, se puede llegar a entender, de una manera mucho menos categórica a las Discapacidades Intelectuales / Retardo Mental. Estas personas tienen sus cinco sentidos igual que nosotros y más aún, no tienen ni una emoción más ni una emoción menos que nosotros. La gran dificultad de ellos está en cómo procesan la información y cómo ésta dificultad les impide adaptarse a su entorno más próximo.

Por deducción, los ATE’s, al estar en primera línea de fuego, funcionan de enlace entre lo que ésta persona “es” y lo que pueden llegar a “ser”. Entonces, el trabajo interdisciplinario en su conjunto, PT’s y ATE’s, son un “puente” más sólido entre éstas dos distancias.

Cuando el puente esta en ruinas

Hay un fenómeno relacional llamado “triangulación”. Cuando en una estructura jerárquica, las subestructuras más poderosas se encuentran en conflicto, suelen interponer dentro de su conflicto a las subestructuras más “débiles” para manipular y controlar la situación.

Este fenómeno es común entre las parejas. En muchas ocasiones suelen interponer a los hijos entre sus problemas para controlar a uno u otro miembro de la misma. En las instituciones sucede lo mismo.

Tuve la oportunidad de observarlo en primera persona. En el centro había una fractura casi irreparable entre PT y ATE, por pasiones personales y también por descontento laboral. Pude ver cómo en “nombre de los usuarios” se cometían verdaderas atrocidades y maltratos hacia ellos, tanto de un bando como del otro. En mi opinión personal, me parece muy patológico poner a una persona indefensa en medio de pasiones que le son ajenas, y más cuando se trata de ejercer el poder en su vertiente más enferma.

No somos “ángeles”, eso es una gran verdad, pero creo, que sí podríamos resolver las diferencias de una manera menos tóxica, tratando en la medida de lo posible, que salpique poco  a la “persona” para la cual estamos trabajando. Ellos son vulnerables, ellos tienen muy pocas herramientas para defenderse.

No somos ángeles, ni tampoco demonios… Sencillamente somos las dos cosas.

Para comenzar a hablar del perfil del cuidador, me parece que no se requiere de ningún perfil tal y como lo entendemos. Para mi lo más importante es tener un pleno conocimiento de uno mismo, además del gusto por trabajar con estas personas.

Generalmente estas empresas buscan gente proactiva, que sepan trabajar en equipo, que posean ciertos conocimientos técnicos en el área, buscan desarrollar un profesional polivalente, tolerante, empático, con don de gente, etc, etc. Eso es  “mierda de elefante”. “Mierda de elefante”, para los lectores que no saben sobre la jerga gestáltica, no es más que hablar sobre generalidades, como la religión, la política, etc. Para mi, hablar de un perfil, que encaje para cuidar a este tipo de persona en esos términos, es una gran “cagada de elefante” y si no, díganselo a los familiares, padres, hermanos, madres, hermanas de un Discapacitado Intelectual profundo, que les ha tocado cuidar a su familiar sin cumplir con el perfil.

Los conocimientos: los ATE’s en teoría, deberían manejar herramientas de enfermería, de fisioterapia y por supuesto de psicología. Deben saber curar heridas, limpiarlas, deben saber colocar enemas, deben saber realizar una higiene correcta, cambiar pañales, colocar sondas alimenticias, manejar grúas, deben saber hacerle a los usuarios cambios posturales, deben saber cómo dar la alimentación a personas que padecen de disfagia, deben administrar la medicación. También deben saber un mínimo sobre qué patología poseen, cuáles son sus características, etc, etc. Deben manejar herramientas de comunicación, etc. ¡Más “mierda”! Esta vez de “Toro”, nuevamente, para los que no conozcan la jerga gestáltica, “mierda de Toro”, son racionalizaciones y explicaciones. Aclaro que los conocimientos son estrictamente necesarios, pero aplicarlos mecánicamente, como generalmente suele suceder, tiene muy poco sentido, cuando se intenta mecanizar y racionalizar lo que no es mecánico e irracional. Por ejemplo: cambiar un pañal al igual que una bombilla, dar una respuesta automática ante una pregunta eventual de un usuario. Cambiar un pañal requiere de algo más que hacer la actividad. Responder ante una pregunta que se repite hasta el infinito, tiene un sentido más allá del contenido de la pregunta. El hacer automático, amparándose en un supuesto conocimiento es “mierda de toro” en toda regla.

Pero la cosa no queda aquí, muchas de las personas con las que he trabajado en el área, les he escuchado frases del estilo: “a estas personas hay que ayudarlas”, “pobres…”, “requieren de nuestra atención”, “cómo sufren”, etc, etc, etc… Más “mierda”, esta vez de “pollo”, nuevamente para los que no sepan de la jerga gestáltica, la “mierda de pollo” está relacionada con los clichés.

En conclusión, tal y como está planteado el perfil del cuidador es una “mierda”, hablando en términos gestálticos.

A partir de aquí no puedo dejar de preguntarme, en un plano introspectivo… ¿Para qué estuve yo ayudando a estas personas? ¿Qué necesidad tenía yo de colocar enemas, cambiar pañales, estar sometido a varios tipos de agresión, como lo son las verbales y las físicas, tanto de compañeros (sólo verbales) como de los propios usuarios (ambas)? ¿Para qué me quedé hasta pasada mi hora de salida y más aún, me preocupaba por ellos antes, durante y después de salir del trabajo? ¿Para qué los cuidé?

Una de las tantas respuestas, y la más obvia es muy sencilla: POR EL SUELDO. Trataré de explicarlo.

El sueldo es muy bajo, sin embargo, se supone que tu estas allí para ganarlo y de entrada, tienes que hacerlo. Hay una razón económica. Tu decides cómo te lo ganas, de buena o de mala manera. Sin embargo ello implica una RESPONSABILIDAD.

La responsabilidad no es un deber, es un hecho. Somos responsables de nosotros mismos. Un ATE, más que nadie debe afrontar esa realidad sintiendo, evitando o negando, deseando, inhibiendo. Responsabilizarse de ello equivale a enriquecerse en experiencia y sobre todo en habilidades. Por paradójico que suene, es fundamental deshacerse de la responsabilidad por cualquier otra persona, y más cuando supuestamente estamos allí para lograr el máximo de autonomía posible en esos usuarios. Como decía Perls: “Sí me hago responsable de otra persona me siento omnipotente: tengo que interferir en su vida. Esto significa que tengo un deber”. Al tener un deber, puede ocurrir que el ATE se queme como la pipa de un indio.

Ahora bien, la responsabilidad en un contexto más saludable, puede entenderse como la capacidad de responder, tener pensamientos, reacciones, emociones, en determinadas situaciones, no es más que estar dispuesto a decir “yo soy yo” y también “yo soy lo que soy”. En el fondo estamos donde queremos estar, estamos haciendo lo que queremos hacer.

Al tu estar percibiendo un sueldo, por cuidar a una persona de estas características, ya hay cierta igualdad entre tu y él. Él es tu cliente, él no es: ni tu hijo, ni tu niño, ni tu amigo, ni nada que se le parezca. Esto no significa que la relación tenga que ser fría, mucho menos que no haya cariño dentro de la relación de ayuda.

Sin embargo, nuestro trabajo es el de ser facilitador de estas personas ayudándolos a adaptarse a  su entorno más próximo y él te “paga” para eso. Para facilitarles esa adaptación la responsabilidad la tenemos con nosotros mismos, pues todas las respuestas las daremos desde lo que somos.

Entonces, la primera propuesta es dejar a un lado los clichés, pues con este trabajo, no vamos a ir al cielo, en tal caso y con un poco de suerte, llegaremos a fin de mes.

Intentaré explicar esto con un ejemplo. Tuve la gran oportunidad de ser el facilitador de un usuario con severos trastornos conductuales. El cual mostraba eventos de heteroagresión y autoagresión. Sumado a esto, se mezclaban eventos de coprofagia y manipulación de heces. Mi sueldo, consistía en hacerle la higiene. Por ahora no explicaré que intervenciones hice, me limitaré a describir desde dónde yo daba las respuestas, asumiendo “responsablemente” “quién soy yo” y  “yo soy lo que soy”.

Sería una gran mentira decir que aquello no me daba asco, las arcadas eran de campeonato. Las primeras veces que veía aquello me impresionaba. La emoción que prevalecía en mi era una mezcla rara entre miedo y rabia. Cuando dejé de verme a mi mismo y observaba al usuario haciendo eso, me dí cuenta del sincero malestar que lo embargaba. Lloraba, estaba iracundo y eso a mi me enternecía. Entonces mis responsabilidad o mi capacidad de responder provenían desde el asco, la rabia, el miedo, el enternecimiento y no olvidemos que me estaba ganando un sueldo. Teniendo claro esto mis intervenciones se fueron perfeccionando hasta lograr hacer mi trabajo, mi objetivo era lograr el mayor grado de autonomía de este usuario apelando a sus propias capacidades.

También hay un punto que creo oportuno no obviar, nosotros nos manejamos por polos. Así como tenemos un lado “bueno”, tenemos un lado “malo”. Generalmente el lado “malo” es más interesante que ese lado que aceptamos de nosotros mismo de pleno. Me costó mucho aceptar la rabia que aquello me producía, me costó mucho aceptar el asco y el miedo. Sin embargo desde allí, podía ser más efectivo en mi trabajo. Mis respuestas eran sinceras y eso, aunque parezca mentira, estas personas lo captan. Cuando ponía un límite, era recibido por él rápidamente. Lo más sorprendente es que no requería de mucha explicación a la hora de ponerlo, de hecho, este usuario en las horas que pasamos en las duchas nunca me manchó de heces. Eso se lo debo en gran medida a mi asco, a mi miedo y a mi rabia.

Nosotros somos nuestra principal herramienta

Todos nosotros nos conocemos a la perfección. Ese autoconocimiento, es básico para cualquier relación de ayuda, más aún, cuando tienes en frente a un Discapacitado Intelectual. Es importante saber que, estas personas podrán hacerte ver inmediatamente, todas aquellas cosas que no te gustan de ti sólo en segundos. Con lo cuál, según se mire, podrá ser una pesadilla o una bendición.

Si se convierte en lo primero, sencillamente déjalo. Si es una pesadilla medianamente soportable, si logras mantenerte ahí, aprovéchalo, podrás ver cómo evitas el contacto y podrás estar más alerta sobre cómo es tu neurosis.

El origen de toda neurosis está en la interrupción que hacemos durante el ciclo de contacto, con lo cual desarticulamos la satisfacción de nuestras necesidades (básicas y complejas).

Sostengo la hipótesis de que la relación con éstas personas, es una oportunidad para nosotros poder ver cómo evitamos ese contacto y más aún, creo que las personas proclives a la proyección e introyección son los más “vulnerables” y “afortunadas”.

Antes de comenzar a explicar, quiero aclarar cómo eran los tipos de usuarios con los cuales trabajaba. En su mayoría eran Discapacitados Intelectuales Profundos, carentes de lenguaje, sumado a esto habían algunos con parálisis cerebral con serias dificultades en la marcha, algunos estaban en silla de ruedas. El promedio de edades era de 30 años aproximadamente. Habían personas con Síndrome de Down, Autismo, Síndrome de Rett. Todos presentaban trastornos psicopáticos como estereotipias, conductas autolesivas, conductas sociales inapropiadas, trastornos de ansiedad y del estado de ánimo, trastornos obsesivo compulsivo, etc.

Este panorama, dificultaba enormemente la comunicación con ellos, con lo cual tenías que moverte en el terreno de las “hipótesis” para poder entablar algún tipo de contacto con ellos. Era necesario apelar a otros recursos comunicativos poco convencionales, además de los ya existentes sistemas alternativos de comunicación.

Al moverte en el terreno de las hipótesis, hay más probabilidades de que se den con mayores frecuencias mecanismos de evitación como la introyección y la proyección  o por lo menos, creo haberme encontrado rodeado de introyectores y proyectores.

Cada vez que estaba con ellos, en mi cabeza no dejaba de rondarme las palabras de Pearls: “el 99% de las percepciones que tenemos sobre los demás son proyecciones, y el otro 1% también”.

Comenzaré por los introyectos. Según Pearls: median entre la formación de figura y movilización de energía para la acción. Aquí el sujeto se “traga” todo lo que le dan sin masticarlo lo suficiente; las influencias externas son engullidas sin hacer la necesaria crítica y selección, de acuerdo a sus necesidades personales. El sujeto sufre un verdadero empacho de mandatos, órdenes, influencias, etc., incuestionables, que cumplen en sí una función parasitaria pero que el sujeto asume erróneamente como propios, como normas y valores morales. “Haz esto”, “No hagas esto”, “No debes”, “Deberías”, etc. Los introyectos impiden el libre flujo de los impulsos y la satisfacción de las necesidades: no seas agresivo, no forniques, etc, etc. Detrás de todo introyecto hay figuras importantes para nosotros y situaciones inconclusas con relación a ellas.

Dentro de la complejidad de las relaciones, Cuidador – Cuidado, Cuidador – Cuidador, entran en juego una serie de factores interpersonales e intrapersonales.

El proceder de un Discapacitado Intelectual Profundo, más aún, cuando aparece un trastorno conductual, puede causarnos un verdadero impacto sobre nuestro sistema de creencias. He visto a muchos cuidadores decirle a un usuario: “no está bien gritar”, “no se habla con la boca llena”, “qué fea te pones cuando lloras”, “no te saques los mocos”, “así no se hace”, “tienes que ir bien vestido y arreglado”, etc. La lista es larga. Cada frase, me hacía pensar inevitablemente, si eso que le decían, a una persona con ese grado de deterioro cognitivo, no era lo mismo que escuchaban desde tempranas los cuidadores. Me parece que el resultado es, la pérdida de “objetividad” en el proceso de comunicación “cuidador-cuidado”. En este sentido  muchas veces no se atiende ni las necesidades del propio cuidador, y mucho menos las necesidades del usuario.

En algunas ocasiones cuando lloran, gritan, se sacan los mocos, nos están diciendo algo más que la propia acción . En otras, sencillamente la acción es en sí misma la acción.

Ante esto, no hay que perder de vista que lo que se busca es una comunicación “confortable”, una situación cómoda; entonces el cuidador tiene que estar cómodo, y si el cuidador está cómodo, los usuarios también. Pero la comodidad se consigue con esfuerzo. Con esto quiero decir lo siguiente: “sí está bien gritar”, “sí se habla con la boca llena”, “sí te pones fea cuando lloras”, “no tiene que ir bien vestido y arreglado”, “las cosas sí se hacen así”, porque lo obvio es que lo hacen y lo seguirán haciendo. Aceptar este hecho, facilita mucho nuestro trabajo.

Lo interesante sería ver que es lo que resuena en el interior del cuidador cuando se ve inmerso en esas situaciones diciendo lo que dice. Aquí no hay espacio para analizar esto, sin embargo, estoy convencido de que la respuesta está en la familia del cuidador, por tanto no estaría de más un pequeño “lavado” y “engrase”.

Es recomendable entonces, dejar a un lado nuestras creencias y jugar con lo obvio, pues en lo obvio están las respuestas, más cuando se trata de una relación cuidador discapacitado.

Si dejas a un lado tus creencias, paradójicamente podrás ver objetivamente a esa persona que tienes en frente. Intentaré explicarlo con un ejemplo.

Había una usuaria cuya gran dificultad era el uso del llanto para pedir las cosas o para manifestar aquello que le desagradaba. Además no podía dejar de llorar cuando algo le molestaba (generalmente era algo que le producía ansiedad). Para este ejemplo me limitaré a explicar que era lo que a mi me resonaba:

Había una frase que aprendí en casa desde temprana edad, el mensaje era algo así como: “llorando no conseguirás nada”. Yo le repetía automáticamente esa frase a ella. Cuanto más se lo decía, se ponía peor. Entonces eso que aprendí en casa, en ese contexto no me servía de nada, menos aún, si era algo aprendido en forma de introyecto, pues la experiencia con esta persona me demostraba todo lo contrario. Ella conseguía lo que quería a través de horas y horas de llanto y cuando hablo de horas, eran “horas”. Ella no conocía otra forma de pedir lo que necesitaba. Lo que se hizo más adelante, fue reconducir el llanto hacia algo más “ecológico”,  realizando intervenciones sobre el contexto, para evitar perturbaciones sobre otros usuarios, los propios cuidadores y a ella misma.

Continuemos con la proyección: se da entre sensación y formación de figura. Consiste en transferir lo que uno siente o piensa, pero que por diversos motivos (sobre todo por acción de los introyectos “no debes”) no puede aceptar en sí mismo, a los demás: “Odiar es malo”, dice la madre; el niño odia a su padre, pero como “no se debe odiar” se enajena de ese sentimiento y le echa la pelota al padre temido y amenazante: “Tú me odias, tú eres el malo”. Su frase característica es “Por tú culpa”.

Mi corta experiencia en el área me ha demostrado que cuando nos movemos en el terreno de las hipótesis, dentro de un contexto comunicacional en donde el otro carece de lenguaje, somos proclives a ese mecanismo de evitación. Sus consecuencias pueden ser sumamente negativas debido a que estas personas están a nuestra merced, fácilmente se pueden convertir en nuestro “tarro de la basura”. Es muy fácil depositar en ellos todo lo negativo de nosotros.

He visto muchos alumnos de prácticas que se ríen de las cosas que hacen, que tienen miedo de las cosas que “pueden” hacer, otros que se sienten irritados por sus acciones. Lo más increíble es que los discapacitados, no decían ni una palabra, todas esas sensaciones, miedo, rabia, etc. eran contenido de las personas que los observaban, haciendo referencia a temas con contenido negativo. Lo curioso del asunto es que ha sido así desde siempre. Lamentablemente, parece que no hemos evolucionado, pero bueno, esa es nuestra naturaleza.

En una ocasión una compañera me decía que un usuario en particular le producía miedo, especialmente su mirada. Para acentuar sus temores, le tocó quedarse sola en una sala con ese usuario. Éste se le acercaba mientras extendía su manos hacia  su rostro, mi compañera salió despavorida gritando a esconderse detrás de mi.

Con el tiempo (mucho tiempo) resultó que el usuario tenía el hábito de establecer contacto físico con gente nueva, le gustaba tocar el rostro y en especial la nariz de todo aquel que estuviera a su alrededor. El motivo, para mi es irrelevante, porque es un enigma. Sin embargo, era muy sencilla la dinámica de interacción con él. Si te dejabas tocar la nariz, él satisfacía su necesidad y se marchaba. Lo interesante de la anécdota, es que el miedo no era por la “peligrosidad” del usuario, si no más bien por un “contenido” personal de mi compañera, en fin, sus propios temores.

Las claves de las intervenciones, las claves del perfil

Hasta el momento he asomado una de las primeras ideas para realizar posibles intervenciones con ellos, dicha idea se centra en el autoconocimiento.

Nosotros funcionamos en tres dimensiones: la dimensión cognitiva, emocional y corporal. Durante la formación en Psicoterapia Gestalt te hablan de la regla de las tres “R” (recepción, resonancia y respuesta).

De seguir una metodología, el primer paso sería revisar cómo nosotros recibimos “eso que el usuario nos está mostrando” y luego cómo nos resuena, es decir, eso que nos muestra, cuál aspecto personal es el que nos despierta en las tres dimensiones mencionadas. Entonces, eso que el usuario nos muestra ¿cómo lo recibimos a nivel cognitivo, emocional y corporal? También tendríamos que tratar de responder a la pregunta: ¿que aspecto personal nos despierta en las mismas tres dimensiones?.

Volvamos a retomar el ejemplo del usuario que mostraba severos trastornos conductuales con episodios de heteroagresión, autoagresión y manipulación de heces.

A nivel cognitivo: algo no andaba bien, intentaba buscar las posibles razones del problema. Podía ser desde serios problemas de estreñimiento, combinado con un nivel de ansiedad muy alto; podía ser inclusive hasta un episodio psicótico incluyendo alucinaciones. A lo mejor había variables contextuales como cambio de referentes, algún desequilibrio dentro de su rutina, inclusive hasta algo que podía haber dicho o dejar de decir ¿quién sabe?

En un aspecto emocional: aquello me producía una sensación de miedo, asco y rabia. Rabia por lo que me tocaba limpiar del inmobiliario, por tener que someterme a sus excrementos, asco de que me tocara, sentía miedo a que se pusiera violento y arremetiera contra mi.

En un aspecto corporal: las arcadas que sentía en mi garganta eran de campeonato. El olor era insoportable y desagradable. La rabia la sentía en la boca del estomago y el temor me parece que ahí mismo. Quería salir corriendo, estaba en estado de alerta y me encontraba desesperado.

En cuanto a la resonancia haré nuevamente el ejercicio de análisis en los mismos tres niveles.

En el aspecto cognitivo: aquello me recordaba a la situación de cambiar un pañal, claro está, con la gran diferencia de que el usuario no era un bebé, era un hombre de treinta y pocos de muy mal humor. También comencé a pensar que aquello le podía producir vergüenza como la que le producía a un compañero de clases que tenía problemas de control de esfínteres en el colegio, además él era objeto de burla de todos sus compañeros incluyéndome yo. Apropósito de esto último, creo que ya he pagado con creces, sí es que existe, el famoso “Karma”.

Dentro del aspecto emocional: entraré en mi experiencia con este chico en el colegio; era objeto de burlas, me daba asco sentarme a su lado, me daba la sensación de que siempre estaba sucio, me producía rechazo. Todo este contenido a nivel de pensamiento he imágenes, era lo que yo evocaba mientras veía aquello.

A nivel corporal: las ganas de salir corriendo de su lado, el olor y la rabia eran las mismas que sentía hacia éste compañero de colegio.

Antes de continuar, creo que aquí está la esencia del perfil del cuidador, debe tener una especial capacidad y sensibilidad de “distinguir” entre que es “lo suyo” y que es “lo del otro”. Sí no lo sabe hacer se pueden cometer verdaderas atrocidades y no estoy siendo exagerado.

Una vez que hayas podido “ubicarte”, bajo mi punto de vista, debes aplicar la observación sobre el otro en los mismos tres niveles, cognitivo, emocional y corporal. Lamentablemente, es muy poca la información que puedes obtener en este tipo de usuario a nivel cognitivo, sólo podrás hacerte una idea aproximada, inclusive exageradamente vaga. Pero a nivel emocional y corporal te van a dar bastante información.

A nivel emocional: podía notar un verdadero desagrado, podía ver que él no estaba nada bien. Veía rabia porque tiraba sillas, golpeaba objetos, intentaba golpearme a mi. La manipulación de heces formaba parte lamentable de toda aquella ira.

A nivel corporal sus movimientos eran torpes, inclusive estaba en peligro de caer y golpearse contra cualquier objeto, su mirada era esquiva, sus puños estaban apretados, gritaba y gruñía.

Una vez hecha la doble observación, tanto interna como externa, vienen las respuestas. Las respuestas también van dirigidas en las mismas tres direcciones, cognitiva, emocional y corporal. Sólo a manera de observación, con un usuario de éste tipo y durante un trastorno conductual, nunca es recomendable sintonizar con la misma emoción sin antes hacer la distinción entre “lo que es tuyo” y “lo que es de él”. Durante un trastorno conductual suelen haber dos emociones, rabia y miedo, además de un estado de ansiedad alto e incontrolable. Sí la persona que está cerca se “engancha” de mala manera a éstas emociones, difícilmente los resultados serán positivos.

Debido a que nos movemos en el terreno de las hipótesis con éstas personas, iremos descartando nuestras respuestas en función del calado que tengan en el otro. En principio podríamos descartar las respuestas que apelan al área cognitiva de estas personas, sin embargo, muchas veces me he quedado sorprendido de la manera en que ellos entienden, por lo que yo no las descartaría del todo.

Como es bien sabido en el área de las discapacidades, cada usuario tiene un Programa de Atención Individualizado (PAI), en donde aparece una serie de información del usuario con objetivos muy bien planteados, contenidos a trabajar, descripción de procedimientos, etc.

Comenzamos a hacer

Dadas las circunstancias descritas, no es de extrañar que en muchas ocasiones fui objeto de heteroagresiones. Lo básico es poner un límite lo suficientemente claro, no dejando que me maltratará ni dejando que maltratara a otros. Aquí es preciso hablar un poco sobre los tipos de contenciones. Existen cuatro:  farmacológica, mecánica, física y psicológica.

La contención farmacológica: se vale de medicamentos, que generalmente son ansiolíticos y antipsicóticos que lo que hacen es reducir los niveles de ansiedad. Nosotros como Auxiliares Técnicos Educativos, sólo nos encargamos de suministrarlo siempre y cuando esté pautado por un médico. Nunca podremos darlo por nuestra propia cuenta a no ser que este incluido dentro de un protocolo de actuación debidamente especificado y firmado por un médico dentro de su PAI. Esto puede parecer muy evidente, pero he visto a personal no autorizado dar medicamentos como si fuesen caramelos y sin ningún reparo en la prescripción médica.

Por otro lado está la contención mecánica: la cuál se vale de artilugios ortopédicos para inmovilizar al usuario en caso de agitación psicomotora; por ejemplo están las cinchas y las camisas de fuerzas. Este tipo de contención suele estar también bajo estricta prescripción médica y la sujeción debe estar supervisada por un fisioterapeuta, que se ocupa de que no le haga daño dicha sujeción. Una mala aplicación de la sujeción mecánica puede ocasionar mucho daño físico y psicológico en el usuario.

La contención física: se vale de la “lucha” cuerpo a cuerpo, se intenta inmovilizar al usuario durante una agitación psicomotora sujetándolo directamente con nuestra propias manos, brazos, piernas, en fin nuestro cuerpo. Es importante hacerlo de la manera menos traumática y bajo ningún concepto ocasionando ningún daño sobre el usuario. Sí aplicas una contención física “enganchado”  a una emoción como la rabia o el miedo, el resultado es nefasto. Todas las contenciones siempre deben ir acompañada de un acompañamiento verbal, aquí es importante tener más que nunca claro, “qué es lo tuyo” y “que es lo del otro”.

La contención psicológica: aquí entran la contención verbal y contextual; se interviene el entorno ya sea modificándolo físicamente y se emplea el uso de la palabra para intervenir en el área cognitiva del usuario, especialmente para reducir los niveles de ansiedad, elemento que está detrás de cualquier trastorno conductual.

Continuando con el ejemplo del mismo usuario, me plantearé las intervenciones en dos sentidos: la primera sobre el contexto. En las duchas retiraba todo aquello que pudiera ocasionarle algún daño: sillas, bañeras, cerraba los armarios, etc. Si era verano podía apagar las luces del baño, para que los halógenos no estimularán más su sistema perceptivo visual y por tanto no lo agitarán más de lo que estaba.

La segunda intervención, se hacía a través de la contención física y verbal: si el usuario intentaba golpearme (recordemos que era muy torpe y lento en los movimientos), esquivaba los golpes y me salía de las duchas y el tono de mi voz era  firme (aunque estuviese muerto de miedo). Lo primordial era colocarme en un lugar seguro, tenía que cuidarme.

Cuando veía que se calmaba, comenzaba a hacer uso de la comunicación verbal y no verbal; trataba de usar pocas palabras, las instrucciones tenían que ser lo más concretas posibles y el tono de mi voz era un poco más neutro. A veces creía que entendía que lo que había hecho no estaba bien, así que, mi voz era más suave, incluso trataba de hacer cosas incompatibles con la situación, como cantar alguna canción graciosa, acompañarlo si se reía; tenía que ducharlo, y para conseguir eso después de aquel episodio, costaba un poco. Intentaba hacer una reconducción. La reconducción para mi es tratar de conseguir el equilibrio emocional en el individuo para lograr una mejor adaptación al entorno.

Entonces, Reconducción y Contención son dos cosas que van de la mano. El objetivo de la contención es evitar que el individuo se haga daño a si mismo y haga daño a los otros. El objetivo de la reconducción es volver a restablecer el equilibrio del individuo y mejorar su adaptación al entorno con miras hacia la autonomía.  Una Contención por si sola no tiene sentido. Una Contención con Reconducción adquiere mayor significado, ya que evita el halo punitivo que eso puede adquirir para el usuario.

Si yo me hubiese salido de las duchas y hubiese dejado encerrado al usuario sólo con las luces apagadas, esa acción se parece más una tortura. Ahora si me salgo y me quedo cerca (afortunadamente la puerta tenía ventanilla) y además tengo la oportunidad de decirle al usuario que cuando está de esa manera no me puedo quedar dentro, adquiere otro sentido, que estoy convencido ellos pueden entender.

Cuando se aplica una contención, cualquiera que sea, debe haber algún tipo de acompañamiento. Acompañar, es como caminar al lado de la persona mientras transita por su proceso. Existen dos tipos de acompañamiento: físico y verbal.

Durante un trastorno conductual, no recomiendo dejar sólo al usuario en ningún momento. Es necesario acompañarlo durante todo el proceso. Hablarle, tocarlo en la medida de lo posible, siempre y cuando se deje. Lo más importante es hacer que el usuario entienda que no está solo. Quiero destacar que el acompañamiento se hace desde donde estas, para ello debe haber una mínima disposición.

Una vez hecha las intervenciones sobre el contexto, comenzaba a hacer las intervenciones a nivel cognitivo. Le decía al usuario que era momento de ducharse. Cuando no quería, le pedía que observara sus manos y le preguntaba: ¿cómo están sucias o limpias? Con el objetivo de  que “tomara conciencia” de cómo se encontraba. Afortunadamente, cuando se veía las manos, pedía la ducha, entonces la “faena” era más fácil.

Durante las duchas, se aplicaban las intervenciones a nivel corporal, le pedía que “tomara conciencia de su cuerpo”, que se lavara la cabeza, sus piernas, siempre lo ayudaba yo, porque no podía hacerlo por si solo completamente. Los resultados de estas últimas intervenciones eran muy potentes. En ocasiones el usuario se ponía a llorar “de verdad”, cuando tomaba conciencia sobre su cuerpo, su situación y a veces pienso que sobre su crisis. Esto último es algo a lo que comúnmente no se le suele prestar la más mínima atención en éstos centros. En muchas ocasiones, observé a “cuidadores” que sólo se planteaban como objetivo ducharlo rápidamente y salir de la situación lo antes posible, sin el más mínimo acompañamiento, olvidando que el usuario realmente se encontraba estaba mal.

Las intervenciones a nivel emocional eran de otro tipo. Intentaba reconducir la situación, no me interesaba sumergir al usuario en su ira, debido a la patología que tenía. Sin embargo, siempre legitimaba sus emociones, porque las vivía de verdad. El la forma en que ellos muestran las emociones es en donde yo los observo más competentes que nosotros, pues no tienen reparo en expresarlas. Me intentaba facilitar el cambio de una emoción que le pudiera llevar a la autolesión o heteroagresión hacia una emoción “neutra” o “positiva”, a través de  actividades incompatibles. Muchas veces cuando no quería ducharse, o estaba en plena crisis, irrumpía en la sala, como si nada y comenzaba a cantar. Me gusta pensar que eso lo descolocaba y lo sacaba de “dónde estaba”. A veces pienso que era una dinámica muy aprendida, así como fumar, o amarrarse los zapatos, un hábito. Creo que ofrecer una experiencia nueva, necesariamente te conduce a otra emoción y por tanto a otro espacio psicológico. Esa intervención, funcionaba muy bien con él.

En resumen: Toda intervención se realiza sobre el espacio físico y sobre el espacio psicológico. En la primera es importante reducir todos aquellos elementos que puedan contribuir a que el individuo despliegue  aquellos comportamientos que puedan ocasionarle algún daño a él o a otros. Las intervenciones sobre el individuo se realizan a través de las contenciones y reconducciones en tres niveles: cognitivo, emocional y corporal. Por último, ninguna intervención tiene sentido sin un previo proceso de autoobservación por parte de quién vaya a aplicar la intervención, en los mismos tres niveles. También debe haber un proceso de acompañamiento, así como también una intervención “consciente” independientemente del resultado.

Más intervenciones

Dentro de estas instituciones, existen protocolos. Como es bien sabido, la manifestación de los trastornos conductuales son diferentes dependiendo de las características individuales del usuario. Por otro lado, para resolver algún tipo de adaptación al entorno, las intervenciones deben diseñarse de acuerdo a las capacidades y necesidades del individuo. Generalmente es un trabajo que debe hacerse en equipo, entre enfermeros, médicos, psicólogos, fisioterapeutas y ATE’s, estos últimos son los “ejecutantes” en la mayoría de los casos.

Asi como existen protocolos de actuación en caso de emergencia médica y psicológica, de higiene y alimentación, existen protocolos para áreas psicoeducativas.

En el caso de Discapacitados Intelectuales Profundos, en donde los niveles de cognición están muy deteriorados, las propuestas de intervención psicoeducativas deben ser lo más atractivas posibles, siempre destinadas a mantener esa capacidad que ellos poseen.

El sistema cognitivo, está compuesto de todos aquellos elementos que nos sirven para el procesamiento de la información que captamos del entorno. Aquí entran los procesos básicos de percepción, memoria y atención. Como también los de categorización, discriminación, resolución de problemas etc.

Estas personas tienen serias dificultades en los procesos cognitivos, por lo que mi sugerencia es estimular su sistema perceptivo de una manera que sea atractiva para ellos, con el objetivo de abrir el canal de comunicación con el entorno que ellos tengan disponible.

Partiendo de este principio, tuve la suerte de poder desarrollar un programa de estimulación cognitiva, cuyo objetivo fue precisamente el de abrir esos canales de comunicación.

Metodología, la rigurosidad de la creación

Antes de hacer cualquier programa psicoeducativo, es necesario seguir una serie de pautas. La primera es conocer la institución para la que se trabaja en tanto que organismo vivo, es decir, conocer cuáles son sus necesidades y capacidades, esto último se traduce en recursos, tantos humanos como económicos.

Como organismo vivo, también es importante conocer cual es el clima emocional que hay y la neurosis de la misma. Ya que éstas en especial son resistentes a las novedades. Hace poco fui a una entrevista y no me cogieron porque me exigían no hacer más de lo que “necesitaban” los usuarios. Al parecer me querían para pasar las horas vigilándolos, sentado con la radio encendida.

Entonces, para diseñar un programa es necesario:

  1. Conocer a los usuarios.
  2. Plantear los objetivos generales y específicos.
  3. Tener en cuenta cuales contenidos se trabajarán.
  4. Describir las actividades con todos los detalles.
  5. Contemplar que recursos se van a emplear, tanto humanos como materiales.
  6.  Cómo se evaluará la actividad.

Por ejemplo: cuando me tocó elaborar el programa, se me ocurrió hacer un programa sencillo, cuyo objetivo era estimular el sistema perceptivo de los usuarios, con el objetivo de habilitar los canales de comunicación que estuviesen más a su alcance.

Entre los contenidos, me interesaba trabajar el sistema visual, auditivo, táctil, gustativo y olfativo. Entre las actividades planteadas estaban: actividades musicales, manualidades, movimiento corporal o deporte, cocina, taller de filmación, etc. Los recursos empleados, humanos y materiales, iban desde pliegos de papel hasta ordenadores y videocámaras hasta cualquier persona del personal de atención directa, administrativo, de limpieza o de cocina. En cuanto al tiempo que empleaba en cada actividad, recomiendo personalmente un máximo de 45 minutos. Por último, para la evaluación tuve que construir un inventario.

Los resultados de esta experiencia, apuntan hacia la utilidad de estudiar la incidencia que podría tener la participación de personas con un Discapacidades Intelectuales Profundas dentro de un programa de estas características, sobre la aparición de trastornos conductuales.

Por otro lado dejaba el camino hecho para estudiar, descubrir y estimular el canal perceptivo  disponible de estos usuarios, para así mejorar su comunicación, a través del desarrollo de sistemas de comunicación alternativos acordes con su canal perceptivo disponible.

Entonces, lo importante para construir un Programa Psicoeducativo es tomar en cuenta las necesidades y capacidades de la institución para la que se trabaja. Tomar en cuenta, obviamente, las necesidades y capacidades de los usuarios. Hay que proporcionarles una experiencia nueva, ya que les ayuda a situarse en otro espacio psicológico, además de crear nuevas conexiones neuronales. Una experiencia nueva, ejercita literalmente el cerebro; es un hecho demostrado científicamente, gracias a los resultados obtenidos en estudios neurocientíficos. He aquí la importancia de que las actividades sean atractivas y estimulantes para el usuario.

Intervenciones en las AVD’s

Para finalizar me gustaría dar un último ejemplo del proceder desde esta visión sobre las actividades de la vida diaria (AVD).

Las AVD’s son todas aquellas actividades relacionadas con las habilidades del autocuidado como lo es la alimentación, la higiene personal y el vestido entre otras.

En la residencia había una usuaria que por algún motivo (lo cual es un enigma), tenía fobia a entrar al comedor. Ella comía aislada en una sala.

El PT al cuál yo pertenecía, se planteó la posibilidad de incluirla con el resto de usuarios en el comedor. Ella tenía todas las capacidades para hacerlo, era autónoma en la marcha, comía sola, pero no salía de la sala didáctica desde las 8:00 h hasta las 18:00 h.

Cuando la sacaban de la sala comenzaba a ponerse muy nerviosa, se golpeaba los dientes contra la pared, se mordía las manos, intentaba morder a los cuidadores. Y cuando intentaba llevarla al comedor estas conductas se intensificaban mucho más, iban acompañadas de llantos.

Lo interesante de ésta intervención sobre una Actividad de la Vida Diaria, es que todo el Personal de Atención Directa pudo trabajar en equipo, es decir, se reestableció el “puente”. Primero nos encargamos de intervenir sobre la fobia. Por lo que se planteó exponer el máximo tiempo posible a la usuaria en un espacio fuera del aula a la que estaba habituada (proporcionarle una experiencia nueva). El centro estaba dotado de un patio grande lleno de árboles, el cual afortunadamente estaba al lado de una de las entradas del comedor.

Para poderla sacar del aula había que hacer una contención física, para ello la fisioterapeuta y yo tomamos las medidas necesarias para hacerlo. Evitábamos que se golpeara los dientes contra las paredes, sujetándola con cuidado. Ella pesaba unos 90 kg, sus movimientos eran torpes, así que yo me colocaba detrás de ella y extendía mis brazos por debajo de sus axilas, era más o menos de mi tamaño así que podía evitar que se devolviera durante el trayecto del aula al patio. La fisioterapeuta se encarga de explicarme cómo sujetarla sin causarle daño alguno, ella estuvo presente durante todo el proceso. En las primeras semanas de intervención sabíamos que iba a ser incómodo. Al principio de la intervención sólo la llevábamos hasta la puerta del patio, puesto que hasta allí ella era capaz de llegar y luego nos devolvíamos a la sala.

Con el tiempo logramos sacarla al patio y allí la acompañábamos, primero un tiempo reducido, hasta prologarlo al máximo. En todo momento hacíamos acompañamiento verbal, le explicábamos que íbamos al patio, que no tuviera miedo, en fin, tratábamos de reducir sus niveles de ansiedad. Al principio iba yo detrás de ella de la forma antes explicada, luego iba sujetándola de la mano (como a un niño pequeño) y después llegó un momento en que bajaba sola.

El tiempo de duración de la primera fase lo determinaba ella, en realidad, ella determinó los tiempos durante todo el proceso. Lo importante fue hacer rutinaria la actividad, es decir, se aplicaba todos los días a la misma hora. A veces la acompañaba yo, otras la fisioterapeuta, para que ella pudiera ubicar a un referente. Tuvimos suerte de que éramos “chico” y “chica”, lo más parecido a unas figuras parentales, con el objetivo de proporcionarle confianza. Después comenzamos a introducir un referente distinto acompañado de mi persona o de la fisioterapeuta. Hasta que lo hiciera su referente de sala sin ninguna compañía, lo que implicó un entrenamiento del ATE.

Después se repitió el mismo proceso cambiando el espacio, esta vez en el comedor. Suponíamos que sucedería lo mismo que en la primera fase de la intervención. Efectivamente así fue. Las primeras veces ella puso resistencia, hasta que llegó un momento en que podía ir sola, el procedimiento fue igual al de la primera fase.

Luego la bajábamos a la hora de la comida. Hacíamos que cogiera su bandeja  para que la llevara hasta la sala en dónde solía comer. Creo que en ese momento empezó a hacer algún tipo de asociación a nivel cognitivo, podía relacionar la “hora” con “la comida,” y la sensación de “hambre”. Así estuvimos una temporada. Hasta que un día, nos dio la gran sorpresa: vio una silla vacía en una de las mesas del comedor, colocó su bandeja de comida y se quedó a comer.

En este ejemplo se ve claramente las intervenciones sobre el contexto, los cambios de espacio. El acompañamiento físico y verbal además de la aplicación de la contención y reconducción física con un propósito “terapéutico” en todo momento, cuyo resultado fue que ganara confianza en nosotros y en ella misma. Respetamos sus tiempos, confiamos en sus capacidades, es decir, servimos de enlace entre lo que ella “era” y lo que podía llegar a “ser”. Logramos cierto nivel de autonomía.

Es importante destacar que el acompañamiento se fue dejando de hacer paulatinamente, primero la “ayudábamos” a hacer la tarea, luego la acompañábamos durante la tarea, después nos retirábamos, para que hiciera la tarea por ella misma.

Entonces, para hacer las Intervenciones en las AVD, primero se tienen que hacer en el contexto en dónde se desarrollan. Luego se acondiciona el espacio; después se deben aplicar, de ser necesario, las contenciones necesarias orientadas hacia una reconduccción y acompañamiento, hasta que la persona pueda hacerlo sola. Por otro lado, es importante revisar constantemente cómo te encuentras dentro del proceso de acompañamiento, tu disponibilidad, tu nivel de paciencia. Había momentos en que yo me preguntaba si eso que hacía funcionaba o no. Supongo que era mi ego haciendo de las suyas, pues quien determinaba si servía o no era ella.

A manera de cierre

En conclusión, me parece, que trabajar dentro de las áreas de las Discapacidades Intelectuales y Enfermedades Mentales, implica movernos con la incertidumbre. La única forma de orientarnos en este terreno es a través de nuestra experiencia y autoconocimiento. Eso nos servirá para poder desplazarnos con más soltura.

Para mi un “cuidador”, es una persona con un pleno conocimiento sobre si mismo. Mientras mayor sea ese autoconocimiento, más efectivo será su trabajo. Buscar en nuestras polaridades, sobre todo en ese aspecto que tratamos de ocultar, es encontrar la herramienta adecuada para trabajar con Discapacitados Intelectuales.

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Emoción y trastornos conductuales: un breve punto de vista bidireccional

Durante mi experiencia con Discapacitados Intelectuales, supe desde un primer contacto con ellos que suelen mostrarse, emocionalmente hablando, más saludables que las personas “normales”.

La frase anterior, leída a primera vista, puede resultar un tanto provocadora, sin embargo, es necesario aclarar que, uno de los tantos componentes que configuran la salud emocional, es poder expresar las emociones sin restricción. Las personas “normales” para poder adaptarse al entorno, a su medio, de alguna manera “reprime” las emociones, siendo éste acto prácticamente, el origen de todas las neurosis, puesto que fisiológicamente hablando, son necesarias expresarlas, tanto o igual que beber agua, comer, tener sexo, etc.

Hay normas “sociales” tácitas con respecto a las emociones. Algunas de ellas no suelen ser “permitidas” como “correctas”. Una de las emociones más “desprestigiadas”según el contexto donde se manifieste, es “la ira”. Manifestar una molestia, un desagrado ante una situación, parece estar mal visto socialmente. Pero ésta emoción, nos es de utilidad para defendernos de las situaciones amenazantes de nuestro entorno.

Las personas con Discapacidades Intelectuales, no tienen ni una emoción más, ni una emoción menos que nosotros los “normales”, la gran dificultad que ellos tienen, es el grado de incapacidad para adaptarse a su entorno, el cuál no pueden manipular para satisfacer sus necesidades.

A partir de éste punto, podemos llegar a tener una visión un poco más clara sobre el abordaje de algún trastorno conductual, el cuál es más una manifestación emocional, que nos indica algún tipo de dificultad que tiene el discapacitado para manipular el entorno y así poder satisfacer alguna necesidad latente.

Sí logramos entender que el Discapacitado, está haciendo lo que “tiene que hacer” durante un trastorno conductual, los que abordamos la situación, nos tenemos que preguntar “¿qué me pasa a mi con eso que él hace?”.  Más aún cuando por lo general, la emoción subyacente que hay es la ira. Entonces, sintetizando un poco más, nos tendríamos que preguntar ¿qué relación tenemos nosotros con la ira?…

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Muchas veces las expectativas no se corresponden con la realidad…

Un cambio de contexto conlleva un proceso de adaptación. Todo proceso de adaptación puede presentar diferentes niveles de dificultad, que son más evidentes cuando implica un traslado de residencia de un país a otro. Muchas personas sometidas a éstos procesos emigratorios, podrían mostrar el “Síndrome de Ulises”, también conocido como “síndrome del emigrante”. Éste síndrome, es de naturaleza psicológica  caracterizado por un estrés crónico asociado a las dificultades de adaptación.

Éstas dificultades se manifiestan de distintas maneras. Por ejemplo, al estar lejos de casa, la añoranza por la familia y amigos, es un fenómeno recurrente, más aún cuando pueden haber temas familiares irresolutos. Generalmente las personas que emigran, no tienen una red social de apoyo.

Por otro lado, con frecuencia, detrás de un cambio de residencia hay una razón económica que la motiva. En la mayoría de los casos, éstas personas, están expuestas a situaciones frustrantes, al no poder acceder fácilmente a un puesto de trabajo. Otras veces cuando acceden, se encuentran con puestos de trabajos que el resto de los locales rechazan. El nivel de frustración puede aumentar, cuando la persona que lo experimenta tiene un nivel de cualificación superior al puesto de trabajo disponible.

Toda situación nueva, cualquiera que sea, muchas veces está opacada por el miedo, más aún cuando comporta un cambio de país, en dónde toda la estructura normativa del individuo se ve afectada, y además implica un cambio de conducta importante, dónde los sentimientos de lucha por sobrevivir, prevalecen sobre el día a día.

Éstas dificultades propician un estado de vulnerabilidad en el individuo que pueden afectar, de manera importante, distintas áreas de su vida, como por ejemplo, el abuso de tóxicos, dificultades en las relaciones de pareja, entre otras, según sea el caso de que quién o quienes cambien de entorno.

Con relación al abuso de tóxicos, se manifiesta como  un mecanismo de evasión, relacionado a la sensación de bienestar que producen las sustancias, el cuál es catalizado por la relativa “permisividad” en su uso, acompañada de la actitud poco “demonizada” que existe en países europeos, realidad que es muy diferente de los países de origen.

A nivel judicial también pueden haber serias dificultades, cómo por ejemplo, los matrimonios por conveniencia. Al embarcarse en una relación, por motivos “legales” (para “conseguir los papeles”), en la mayoría de los casos no se toma en cuenta las implicaciones afectivas y emocionales que eso conlleva.

Todos éstos factores son estresantes, y como toda situación de estrés, contribuye a acelerar o desarrollar ciertas patologías que podrían  hallarse latente en el individuo, es decir, sí existe alguna predisposición al alcoholismo, o a la depresión, un mal manejo puede desencadenar en el desarrollo y cronificación de alguna de éstas patologías.

Las claves, para prevenir ésta dificultad, están en construir una buena red de apoyo; en facilitar un conocimiento lo más amplio posible del contexto nuevo, así como también en proporcionar un adecuado asesoramiento individual que pueda centrar y acompañar a nivel emocional a la persona para que pueda desarrollar habilidades adaptativas y fortalecerse interiormente.

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